Cada año, de media, se suicidan en España 3.600 personas o, lo que es lo mismo, casi 10 al día.

De ellas, 259 son niños y jóvenes de entre 10 y 29 años. El suicidio juvenil es la segunda causa de muerte en esta franja de edad, lo que supone un doble drama, pues son fallecimientos que llenan de culpa a las familias y que en gran parte son evitables, aunque desde algunos medios y organismos se empeñen en difundir el mensaje subliminal contrario.

Datos sobre suicidio

A saber: gran parte de nuestra sociedad se ha instalado en la cómoda y confortadora mentira de que el suicido infanto juvenil se debe a la “locura” transitoria propia de la edad.

Es decir, que al igual que la inmensa mayoría de jóvenes debe pasar por un período más o menos transitorio y tonto de rebeldía, vaguería y mala educación –otra mentira autocomplaciente, por cierto- una minoría acaba con su vida. Algunos de ellos, tras varios intentos fallidos.

Analicemos los datos que ofrece el INE para comprobar qué hay de cierto en todo ello.

Por increíble que parezca, 12 niños de entre 10 y 14 años se suicidaron en 2016 (último año del que el INE ofrece datos) y otros 58 lo hicieron en la franja de edad de 15-19 años. ¿Son, por tanto, los terribles años de la adolescencia los peores? Llega la sorpresa: no.

Gráfico sobre suicidio infantil

De hecho, los suicidios aumentan espectacularmente cuando analizamos la horquilla de los 20-24 años (88) y de los 25 a 29 años (101). Así, la clásica causa de las “revolucionadas hormonas” no parecería la principal. Un joven de entre 20 y 29 (189 suicidios, el 73% de los juveniles) dejó tiempo atrás el pelo graso, los granos o los cambios en la voz. Sin embargo, se está enfrentando por primera vez a la dura realidad del mundo adulto: la universidad o el primer trabajo, las relaciones sentimentales serias, la conciencia de los problemas monetarios…

El suicidio no tiene relación directa con los cambios hormonales

Por tanto, no hablamos de personas que están experimentando cambios físicos en el cerebro consecuencia de su maduración o la desestabilización emocional propia del crecimiento. Esta sería, por tanto, una de las primeras falacias: el suicidio infanto juvenil no depende necesariamente de la inestabilidad propia de la adolescencia.

En el mundo cometen suicidio casi un millón de personas cada año. Son incalculables las tentativas; entre otras cosas, porque la propia Organización Mundial de la Salud reconoce que “la disponibilidad y calidad de los datos es claramente insuficiente”. En consecuencia, hablar de causas (directas) es algo tan pretencioso como equivocado, pues puede haber tantas como personas.

¿Qué motiva a cada una de ellas a cometer suicidio? ¿Acaso alguien lo sabe?

En mi juventud tuve ocasión de conocer a dos jóvenes suicidas. El primero era N, uno de los chicos más guapos y exitosos del colegio. Ligón y simpático; llegó a tener una pequeña historia con una amiga, lo que nos daba caché al resto de las de la pandilla. No sacaba muy buenas notas, pero es que el 80% de la clase no lo hacía porque estaba en cosas mucho más interesantes. A principios de los 90 se entraba en Derecho o en Económicas con un cinco, así que tampoco era tan grave ser un estudiante mediocre. Insisto: no era un drama, y no teníamos –ni de cerca- la presión actual que soportan los jóvenes en el plano académico.

Llegó el mes de junio, las clases de repaso para Selectividad, y sin que nadie hubiera podido advertir el menor signo de alerta, N se suicidó. La causa fueron las malas notas, nos dijeron. Pero ni profesores, ni amigos, ni (seguramente) familiares notaron nada extraño en él previamente. Es decir, nadie advirtió que N considerara que fracasar escolarmente hacía la vida indigna de ser vivida.

El segundo caso fue el de J, un muchacho encantador y tímido, muy inocente para la edad que tenía –los 17- y querido por absolutamente todo el mundo. Era un chico que llegaba nuevo y solo a la ciudad, un chaval de provincias al que todos acogimos con los brazos abiertos –por su bondad y buen carácter- y que a veces nos preguntaba cómo nos gustaba tanto el bullicio madrileño, con lo bien que se estaba en su pueblo… La peor de las pesadillas también llegó finalizado el curso. Una vez volvió a su casa, y tras algunas semanas de depresión, acabó con su vida. ¿Justo cuando volvía a su añorado hogar? Extraño… ¿verdad?

Imposible establecer causas generales… aunque en sociedades religiosas hay menos suicidio

Cada joven, cada niño, tiene una situación concreta que le afecta de una manera particular y subjetiva. Si los que estábamos alrededor no llegamos a establecer unas causas que nos satisficieran, ¿acaso podrían las estadísticas y organismos oficiales hacer un perfecto recuento y clasificación de las verdaderas causas?

A veces, simplemente, no hay causas objetivas, es decir, grandes tragedias para el común de los mortales. A veces, lo que hay son momentos malos que afectan con mayor intensidad (subjetivamente) a la persona en cuestión en esa precisa etapa de su vida.

A veces, lo que ocurre es que esas personas no tienen una fuerte vida espiritual, un anclaje a Dios. A veces, lo que pasa es que nadie les ha dicho que esta vida es una cáscara, no es la verdadera, y que por mala que sea la situación que en ella estás atravesando, tienes mucho por lo que estar íntimamente feliz. A pesar de todo y pese a todo. Que Dios existe y que te quiere. Tan simple como eso.

De hecho, está más que comprobado que en comunidades muy religiosas, en las que los individuos tienen profundamente interiorizado el concepto de transcendencia, el índice de suicidio es menor.

Adolescente solo. La soledad puede llevar al suicidio

 

Debo admitir que yo no era íntima amiga de N. o de J.

Los conocía, sí, y éramos compañeros de clase, pero no pasaba largas horas charlando con ellos. Quizá si lo hubiera sido y si hubiera tenido en mente algunas de las señales de alerta que tradicionalmente apuntan los psiquiatras (quizá, insisto) hubiera podido avisar a un adulto para tratar de evitar las dos tragedias.

Es preferible identificar individualmente las señales de alerta y actuar

Y esta es otra de las grandes falacias del suicidio de nuestro tiempo: para rebajar sus cifras no es necesario conocer las causas generales, porque hay tantas como personas y no vamos a poder eliminarlas por completo como sociedad. Es preferible detectar las señales de alerta para poder identificar a un posible suicida y tener la posibilidad de actuar (ayudar) de manera individual.

Según Herbert Hendin, consejero delegado y director médico de Suicide Prevention International y catedrático de Psiquiatría en el New York Medical College (es decir, una autoridad mundial en el tema del suicidio y su prevención) la inmensa mayoría de los suicidas tienen dos características comunes: sufren depresión y ofrecen señales de alerta. Otra cosa es el grado de obviedad para su entorno tanto de esa enfermedad como de las mencionadas señales.

La buena noticia es que la primera (la depresión) se puede tratar médicamente, y la inmensa mayoría de los jóvenes llega a mejorar.

Sin embargo, para detectar las mencionadas señales, no siempre obvias, hace falta tener un fino olfato, no poca intuición y, sobre todo y por encima de todo, conocer profundamente a la persona a través del diálogo. Y es que muchos suicidas, según los expertos, tratan de avisar a través de metáforas o afirmaciones indirectas. “Algunas personas no aportan nada a la vida de los demás”; “Las flores nacen para morir”; “Dentro de poco esto no tendrá ninguna importancia”, etc. Con esos giros de palabras están pidiendo ayuda desesperadamente, pero pocas veces entendemos su idioma.

Conocer a fondo a tus hijos para advertir cambios

Muchos padres se sorprenden del extraño comportamiento de sus hijos en la adolescencia. Dicen con pena que eran niños encantadores con 8 o 9 años y que, de pronto, no los reconocen. Lo cierto –debemos admitirlo- es que la mayoría de los que somos padres no tenemos el tiempo suficiente para llegar a conocerlos a fondo en su paso de la niñez a la juventud. Por eso, “de pronto”, nos encontramos con perfectos extraños.

AdolescenteLo digo por experiencia: un niño o joven no te cuenta sus intimidades hasta que no llevas un buen rato de conversación; y eso, con suerte, y sólo en el caso de que a diario mantengas esas largas charlas.

Es decir, no esperemos que un chaval de 16, en el trayecto en coche entre el colegio y la extraescolar de inglés o pádel te cuente: “por cierto, mamá, siento que mi vida no tiene ningún valor y no pasaría nada si yo no estuviera. Además, mi vida es un infierno porque una panda de matones me está acosando. Lo hablamos en la cena, antes de la serie de Netflix, ¿vale?”.

 

Si no conocemos mucho a nuestros hijos no sabremos si su apatía procede de su carácter o de un principio de depresión. Si no sabemos los nombres, gustos y caracteres de sus amigos, será imposible averiguar si andan en problemas. Si no conocemos de memoria su mirada, sus andares… ¡hasta su olor! Tendremos pocas posibilidades de apreciar una mínima alteración fuera de lo común.

Esos ratos perdidos (como muchos padres los consideran) son los mejor empleados.

Mucho mejor que repasar ese terrible examen que parece decidir sus vidas, mucho mejor que ese deporte tan chic que todos practican y que tan buenas relaciones le aportará en el futuro, mucho más y mejor que las horas y horas de móvil y series que todos derrochamos.

Tenemos que acompañar a nuestros hijos en su camino a la madurez. Pegarnos a ellos. Pasar el rato con ellos, aunque sea en silencio, mirando al infinito y comiendo pipas. Aunque a veces tengan un genio de mil demonios y no haya quien se acerque. Aunque muchas veces nos gruñan o nos desprecien. Aunque existan miles de aunques

Porque conocerles es el primer paso para protegerles… En ocasiones de sí mismos.

Noelia Lavara Extremera

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