En nuestra sociedad infantil y mediatizada, en la que se toman graves decisiones para las actuales generaciones y las venideras sin apenas meditarlas, se está imponiendo como urgente necesidad la legalización de la eutanasia.

Sin embargo, pocos vuelven los ojos para comprobar las supuestas bondades de esta práctica en países como Holanda, donde es habitual y legal desde los años 90. En el siguiente reportaje analizamos la denominada “pendiente resbaladiza holandesa”, donde en aras de un supuesto buenismo compasivo hacia el enfermo o deprimido se acepta el asesinato de enfermos físicos o pacientes mentales con o sin su consentimiento. 

No se han producido en las calles de toda España gigantescas manifestaciones pidiendo la eutanasia ni han aumentado las peticiones de suicidio asistido en los hospitales por miles de millares, pero eso poco importa. La clase imperante progresista ha impuesto ya su opinión y en poco tiempo los partidos de izquierdas, con la anuencia cobarde de la derecha, legalizarán la eutanasia sin que llegue a producirse un debate previo de ideas. De hecho, los distintos programas electorales de los partidos de izquierdas y de centro ya incorporaban la aprobación de la eutanasia en las pasadas elecciones generales.

 

«La estrategia no puede ser más retorcida (aunque eficaz). Se presenta la eutanasia como un inmejorable acto de bondad, misericordia y compasión hacia el prójimo más débil; como un liberador bálsamo frente al intolerable sufrimiento físico o psíquico de los dolientes; como un acto supremo de independencia y libertad humanas».

Eutanasia“¿Para qué vivir si está sufriendo? ¿Para qué prolongar el sufrimiento, si tenía una enfermedad terminal y ya estaba preparado? ¿Por qué atar a su familia a su cama, a sus cuidados, a los inconvenientes de su discapacidad?”

He aquí dos o tres de los pegadizos “argumentos” de esta filosofía moderna y blanda (alérgica al dolor) que abraza en pleno la muerte, pese a que, paradójicamente, lo que desea es una larga vida en la que se pueda “hacer lo que sea, con tal de que a ti te haga feliz”. Preocupante panorama, sin duda.

No obstante, los que defendemos la vida todavía tenemos una oportunidad para oponernos al monocorde pensamiento de la muerte.

Nuestra oportunidad estriba en reabrir y reconducir el debate. Es decir, cuando surge la discusión y los manidos argumentos misericordiosos entran en juego, debemos procurar contestar a la típica pregunta de respuesta cerrada (si/no):

“¿Estás a favor de la eutanasia?”

Con un:

“Si fueras un enfermo terminal, ¿preferirías recibir un tratamiento para eliminar el dolor o que un médico acabara con tu vida, incluso aunque tú no lo decidieras?”

Con este cambio de visión –presentando alternativas, porque las hay- tendríamos la oportunidad de crear una brecha en el manto de sesgada bondad con el que se arropan los defensores de la eutanasia.

 

La pendiente resbaladiza de Holanda

¿Alguna vez, en sus años mozos, pidieron llegar a sus padres a la 1 de la madrugada, sabiendo que lograda esa meta intermedia podrían terminar la juerga con el canto de los pajaritos? El truco era sencillo: como los padres se dormían a las 12, no tenían manera de demostrar si habías llegado a la 1 o a las 5. Con el tiempo, se acostumbraban a que llegaras tarde, y conseguías el permiso oficial por la fuerza de los hechos.

Con la despenalización de la eutanasia en Holanda –ocurrida en 1993- se empleó la misma treta, que algunos expertos han denominado “la Pendiente Resbaladiza Holandesa”. Es decir, la práctica eutanásica fue deslizándose gradualmente desde la eutanasia para enfermos terminales hasta la eutanasia para enfermos crónicos, desde la eutanasia para enfermedades físicas hasta la eutanasia para las enfermedades psiquiátricas, y desde la eutanasia voluntaria hasta la no voluntaria y la involuntaria. Y todo ello con el pleno apoyo de la sociedad holandesa, que fue aceptando estas reglas no escritas como “la mejor de las soluciones para evitar el sufrimiento”.

Cuando, allá por los 90, los políticos holandeses iniciaron su causa pro-eutanasia, no dijeron: “¡Adelante! Demos barra libre al cuerpo médico para cooperar en la muerte de sus pacientes”. “¡Hagamos que la eutanasia sea totalmente accesible para cualquiera, sano o enfermo, deprimido o no!”. O incluso: “que pueda decidir no sólo el propio enfermo, sino sus familiares, si están hartos de cuidarlo…”. No. Fueron mucho más astutos…

EutanasiaEn Holanda, allá por 1993, y como mencionamos anteriormente, se despenalizaron varios supuestos de eutanasia, entre ellos, sufrir una afección accidental o patológica grave e incurable, o un sufrimiento físico o psíquico constante e insoportable “que no pudiera ser aliviado”.

Sobre el papel, estos supuestos debían cumplirse estrictamente, pero desde su entrada en vigor quedó claro en la práctica que la nueva ley era una pantomima, pues los médicos que llevaban a cabo las muertes se encargaban de su propio control (¿No les recuerda tremendamente a nuestra Ley del Aborto de 1985?).

En efecto, por increíble que parezca, no se establecieron resortes o canales de control externos para hacerlo, sino que eran los propios médicos los que debían dar parte a una Comisión de Control del estado holandés declarando si habían cumplido o no estas condiciones en cada acto eutanásico.

Como es natural, los facultativos siguieron dos caminos: o no declaraban los casos de eutanasia en los que participaban o lo hacían de tal modo que no podían ser encausados (a nadie le suele apetecer pasar el resto de su vida en la cárcel).

Con los años, la sociedad holandesa fue convirtiéndose en una clara defensora de la eutanasia, siguiendo los consejos amables sobre muerte digna que les dirigía su clase médica. Y no sólo se consiguió normalizar la muerte, sino que el concepto de muerte digna se hizo equivalente al de muerte decidida (por el individuo… o por los de su alrededor).

No es de extrañar. Es bien sabida la ascendencia que tiene cualquier médico sobre su paciente. Cuando uno está enfermo o deprimido en quien más confía es en quien le atiende y puede salvarle. La sociedad holandesa dio por hecho que si sus médicos abogaban por el suicidio asistido o la eutanasia era porque era la mejor (o la única) solución.

El revelador informe Hendin: Seducidos por la muerte

Pero, ¿cómo y por qué se produjo esa hegemonía moral y de facto acerca de la eutanasia por parte de los médicos holandeses?

Herbert Hendin, en su libro publicado en 1997 “Seducidos por la muerte. Médicos, pacientes y suicidio asistido” –editado en España por Planeta- lo explica con suma claridad.

El psiquiatra norteamericano Herbert Hendin era ya toda una autoridad en materia de suicidio y su prevención cuando llegó a Holanda en 1996 para investigar las condiciones de la eutanasia en ese país. El consejero delegado y director médico del Suicide Prevention International, así como catedrático de psiquiatría del New York Medical College no era una persona religiosa ni tenía a priori ideas preconcebidas acerca de cuál debía ser la legislación en el tema del suicidio asistido y la eutanasia cuando comenzó su estudio.

Sin embargo, sí era un auténtico experto médico en suicidio. Así, sabía que la enfermedad física es sólo uno de los motivos para cometerlo (el 25% del total). De hecho, había comprobado que la mayoría de pacientes terminales lucha por vivir hasta el último momento y sólo del 2 al 4% de los suicidios se produce en una enfermedad final.

Por el contrario, Hendin había comprobado que lo verdaderamente determinante en cualquier suicidio espontáneo (sin asistencia de otro) era la enfermedad mental. Según su experiencia, cerca del 95% de los que se suicidan padece una patología de este tipo diagnosticable en los meses previos al suicidio –principalmente depresión- y la mayor parte de ellas tratable.

Es más, estos enfermos suelen poner a prueba el afecto de los que les rodean con frases como “No quiero ser una carga para mi familia”, esperando un apoyo por su parte. Para Hendin, la propia petición de eutanasia o suicidio asistido no es más, casi siempre, que una llamada similar de atención… pero no correspondida, pues el médico y los familiares la toman al pie de la letra y el paciente muere aterrado, atrapado en su propia petición de eutanasia.

 

El médico decide

Los descubrimientos de Herbert Hendin sobre la eutanasia en Holanda publicados en 1997 fueron verdaderamente espeluznantes. La clase médica integrada en la KNMG (Real Sociedad Holandesa de Medicina) era plenamente partidaria de una ley que había sido modificada con los años para ser cada vez más laxa con el ejercicio sin control del médico y menos garantista con el derecho del paciente.

Un ejemplo de esto lo muestra Hendin en su obra, basada en miles de entrevistas. A la pregunta “En el caso de un paciente que no puede decidir por sí mismo, ¿quién debe decidir si vive o muere?” El profesor Joost Schudel, entonces director del Subcomité de la KNMG sobre Decisiones Médicas para la Terminación de la Vida, declaraba sin ambigüedad: “El médico decide”.

El propio Schudel comentaba a Hendin que a los pacientes dementes que no querían comer no se les alimentaba en Holanda por vía intravenosa, porque “su negativa a ingerir alimento era su manera de decir que querían morir”. Igualmente, no se les aplicaba antibióticos en caso de contraer enfermedades como la neumonía, “ya que uno se preguntaba qué calidad de vida iba a tener ese paciente si se recuperaba”.

 

Muerte a la carta

En 1994 se empleó en Holanda un último y eficaz resorte basado en el sentimiento para normalizar por completo la eutanasia. Se trató de la proyección en 1994 en la televisión holandesa de la película “Death on Request” (Muerte a la Carta), en la que un paciente es llevado a la muerte por su médico.

Cees van Wendel, un hombre de mediana edad, es diagnosticado de esclerosis lateral amiotrófica y pide un mes más tarde su muerte. Su esposa, Antoinette, le apoya en esta decisión. La trama es presentada como “una historia de valentía y amor”, pero la realidad es bastante menos romántica.

El protagonista de la película es el doctor Van Oijen, de quien se nos muestran escenas enternecedoras de algunas de sus otras actuaciones diarias: amablemente atiende a un joven, a un bebé o a una mujer embarazada antes de llevar a la muerte a Cees.

Curiosamente no es Cees quien llama al doctor, sino Antoinette, su esposa, quien claramente quiere la muerte de su marido. Parece que a la esposa le repele la enfermedad de su esposo, y de hecho no le toca nunca a lo largo de la película, ni permite que Cees conteste a las preguntas que le dirige el facultativo. Es ella quien “traduce” y expresa los supuestos deseos de su marido, pese a que este puede hablar.

El doctor Van Oijen pregunta directamente al enfermo si desea la eutanasia, pero es su esposa quien responde. Cuando Cees se echa a llorar, el facultativo se le acerca con compasión y le toma del brazo, pero la esposa se lo impide y le dice que es mejor que ambos salgan de la habitación y dejen al enfermo llorar solo. Una vez fuera, ella sigue hablando con el médico. Éste no pide en ningún momento hablar a solas con Cees, a quien finalmente practica la eutanasia.

Como queda claro en la película que millones de espectadores pudieron ver, esta “muerte a la carta” fue decidida entre el médico y la esposa (sin que nadie en Holanda quedara escandalizado por ello).

El proceso en sí de la muerte fue quizá peor desde el punto de vista moral. Van Oijen, según marca la ley de eutanasia, tiene la obligación de obtener la opinión de un segundo doctor (un “asesor médico”). Así pues, éste llama a un colega que ejerce en el mismo barrio.

Cuando el asesor pregunta a Cees si está seguro de seguir adelante, la que contesta es Antoinette. Tras insistir un poco más en sus preguntas, se marcha sin plantear impedimentos.

Cees fija varias fechas para su propia muerte, pero cuando llega el momento, se arrepiente y las va posponiendo. Esto causa incomodidad en su esposa. Entran en juego los sentimientos de chantaje psicológico y lo que el enfermo sabe que los demás esperan de él. Hay que tener en cuenta que está siendo filmado y su casa está tomada por todo un equipo de cámaras y técnicos.

Finalmente, acuerdan que sea el día de su cumpleaños, cuando sean las 8 y haya bebido un vaso de oporto para celebrarlo. Llegado el momento, su mujer le explica que sólo sentirá un pinchazo. Ni una muestra de cariño en una historia presentada como ejemplo de “valentía y amor”. El médico sonríe, le pone la inyección y explica que la medicina tardará en hacer efecto. Nadie dice adiós. Sólo después de que todo haya pasado, Antoinette besa a su marido.

 

Nos afecta a todos

“A mí me da igual que se apruebe una ley de eutanasia en España. Yo no la pediré ni para mí ni para mis familiares”.

¿De verdad? ¿Está usted tan seguro de que no le afectará?

Si algo puso de manifiesto el informe de Hendin es que casi la única alternativa que presentan los médicos en Holanda ante un caso de enfermedad crónica, incurable y/o dolorosa para un paciente es la eutanasia. Entre otras cosas, porque ya se han formado varias generaciones de médicos desde su despenalización y éstos han desarrollado sus carreras profesionales convencidos de que esa es la única opción.

Los cuidados paliativos, es decir, todas aquellas técnicas médicas encaminadas a lograr un mejor estado general y sin dolor del paciente en estado crónico o terminal, no se han llegado a desarrollar en Holanda. Y ello a pesar de que en muchos lugares del mundo han experimentado un avance extraordinario en los últimos 15 años (como en España, por cierto).

¿Por qué y para qué deberían haberse desarrollado los cuidados paliativos en Holanda, si raras veces se da el caso de poder aplicarlos?

EutanasiaEn resumen, y por increíble que parezca en un país tan avanzado como el holandés, los cuidados paliativos y todo lo que conllevan (tratamientos eficaces para tratar el dolor) son casi inexistentes. Un consejo: no se ponga malo o se jubile en Holanda… En ninguna sociedad eutanásica se desarrollan los cuidados paliativos. Esto es un hecho indiscutible.

Ya en 1996, cuando Hendin escribió su libro, un grupo de 60.000 personas se habían agrupado en la Asociación de Pacientes Holandeses (promovido por protestantes opositores a la eutanasia y al aborto). Esta entidad respondía a preguntas tales como si un determinado hospital era “seguro”, en el sentido de si resultaba poco o muy probable ser conducido allí a la muerte sin ser preguntado.

La Fundación Santuario, por su parte, distribuye “pasaportes para la vida”, que los pacientes llevan consigo indicando que en caso de urgencia médica no quieren que se ponga fin a sus vidas sin su consentimiento. Y es que en Holanda, a veces, el mero hecho de no haber expresado claramente este deseo antes de la enfermedad puede ser usado por familiares o médicos para practicar la eutanasia.

Hoy día, años después de su aprobación legal (aunque se despenalizó en 1993, se legalizó completamente en 2002) en Holanda se practican eutanasias dudosas respecto al consentimiento del paciente sin que los médicos tengan mayores problemas legales. Si alguna vez se abre un expediente por parte de la Real Sociedad Médica Holandesa o de un juez, se archiva al poco tiempo sin que se levante mucho revuelo. Nunca se ha condenado a nadie por estos hechos.

Países como Bélgica, Luxemburgo, Canadá, Australia (en el estado de Victoria) o estados como Oregón, Washington, Montana, Vermont, Colorado, California y Washington en EEUU han reproducido los pasos holandeses. Y Colombia la aprobó en 2015.

En definitiva, los argumentos contra la eutanasia son muchos, muy obvios, y muy reales. Tenemos ejemplos claros y al alcance de cualquiera para demostrar que es una práctica que se escapa de las manos una vez es legalizada.

Tampoco hace falta ser una persona religiosa para comprender que su legalización se opone al respeto de la dignidad humana. Una muerte no es digna cuando es dirigida y decidida por el individuo o por aquellos que le rodean, sino cuando es humana, porque el hombre es digno por su mera existencia, por haber sido creado a imagen y semejanza de Dios.

En realidad, una muerte es digna en el sentido más amplio y contemporáneo del término, además, cuando se produce en las condiciones más amables y de menor sufrimiento posibles, y eso sólo puede darse en una sociedad que cuente con un buen sistema sanitario que incluya unos cuidados paliativos con límites morales y desarrollados médicamente. Algo, por cierto, completamente incompatible con el imperio de la eutanasia.

Ahora es nuestro turno. ¿Dejaremos aprobar la eutanasia sin siquiera un mínimo debate público?

Noelia Lavara