Tomar fuerzas de los hermanos para poder ser sal

En los últimos dos años, a raíz de la publicación del libro La Opción Benedictina, de Rod Dreher, ha aumentado el debate acerca de cómo deberíamos vivir los actuales cristianos. ¿Retirarnos del mundanal ruido para no contaminarnos? ¿Asumir costumbres y modernizarnos, para triunfar en la Evangelización? La (verdadera) Opción Benedictina no es ni una cosa ni la otra. Y precisamente por ello promete propiciar un debate mucho más interesante…

Hay quien, equivocadamente, piensa que el autor y analista americano Rod Dreher propone que los actuales cristianos nos olvidemos del trabajo de la oficina y los atascos y nos retiremos al campo a cultivar nuestros alimentos –¡y eso que se nos mueren los geranios en cuanto nos vamos dos días de vacaciones!- imitando a los antiguos monjes y ermitaños de la Edad Media.

Sin embargo, una detenida lectura de este libro nos indica que la moderna opción benedictina que plantea el estadounidense es mucho más factible que lo que muchos piensan. Se trata más bien de un cambio de vida que se asemeja a la opción de San Benito en su espíritu, no en sus formas. Y plantea algunas pautas concretas cuya aplicación exige esfuerzo y constancia, pero que sí pueden llevarse a la realidad y significarían una esperanzadora vía para vivir en medio del mundo… Sin ser del mundo.

 

Cómo fue la primera opción benedictina

Pero, ¿cómo fue ese primer éxodo rural que dio inicio a la Edad Media? Al retirarse paulatinamente a monasterios a lo largo de los siglos IV, V y sobre todo VI, apartándose así de las decadentes, peligrosas y lujuriosas ciudades romanas, los monjes lograron formar prósperas comunidades que se autoabastecían – y a la vez daban trabajo- a numerosos laicos.

Todos ellos seguían las enseñanzas de San Benito, quien en 529 fundó el monasterio de Cassino bajo La Santa Regla, inspirada por Dios y norma posterior tanto de los benedictinos como de otras numerosas órdenes. De esta forma, pudieron restablecer las costumbres cristianas y se restauraron la moral, el orden y una economía basada en el artesanado y la agricultura.

Claustro de monasterio.Para cuando los bárbaros invadieron por completo el Imperio, muchos cristianos ya estaban protegidos por algunos de estos monasterios y por señores feudales que a cambio de distintos impuestos ofrecían amparo y los servicios del castillo cercano (hospital, mercado…) en tiempos de guerra y paz. Comunidades aisladas (formadas por fortaleza, convento y aldeas aledañas) pero fuertemente protegidas.

«No debió de ser fácil para los cristianos, al menos al principio, tomar la decisión de sumarse a esa opción. Es muy probable que los cristianos de los siglos III y IV del Imperio Romano, que por aquel entonces ya formarían un considerable grupo, sintieran pavor al pensar en el futuro. El cambio no gusta a nadie».

Algo poderoso se resquebrajaba: lo conocido, lo seguro, se abría bajo los pies. El ejército romano ya no protegía; se había convertido en una indisciplinada plaga de bandidos; las infraestructuras no se cuidaban; la ley ya no era justa ni garantizaba el orden; y las ciudades eran auténticas simas de pecado: peligrosas y de costumbres depravadas. Y los bárbaros penetraban en los límites del Imperio sembrando el horror.

Quizá la decisión de hacer el hatillo y salir de las ciudades fuera un “no hay más remedio” en los últimos años, cuando todo se tambaleaba y hacía añicos. Pero, seguramente, los primeros cristianos que decidieron no participar de la decadencia y se retiraron a las aldeas próximas a los monasterios fueron tildados de “locos”, “utópicos” o “exagerados” por parte de sus propios hermanos de fe.

 

La fiesta ha terminado

Pues bien, para muchos, también para el autor de La opción benedictina, nos encontramos en esos inicios difíciles de una época que cambia. La fiesta (un mundo amistoso con el cristianismo o, por lo menos, no beligerante) se ha acabado, y la gran mayoría no se ha dado cuenta de que debe desalojar la sala y buscar otro lugar. Rod Dreher es tajante en este sentido: “Lo que conocíamos se ha terminado, y debemos prepararnos para lo que venga”.

Sin embargo, muchos cristianos somos cómodos, y nos resistimos a movernos del sillón. Hemos crecido en una cultura de “Misa los domingos y aperitivo a la salida”. Y pensábamos, en esos momentos tan idílicos y pacíficos, los felices 80, que todo estaba hecho.

Pero fue justo en aquellos años –en los que no había aparentes ataques frontales desde los medios de comunicación, desde los poderes públicos o desde los ámbitos culturales- cuando nos impusieron leyes como la del Aborto, la del Divorcio o la ley Reguladora del Derecho a la Educación de 1985, que estableció los conciertos en los colegios privados y con ella los centros religiosos dejaron de tener la independencia necesaria para impartir una buena enseñanza religiosa.

«Dreher resume su planteamiento en una frase demoledora: tenemos que decidir ahora si seguimos el camino del resto de la sociedad… o el nuestro».

Y debemos estar preparados para lo peor: pérdida de éxito, de poder, de oportunidades, marginación social… Aun así, todo esto sería nada si lo comparamos con nuestros hermanos de Egipto y Oriente Medio, que están siendo asesinados por su fe.

 

Monasterio doméstico

Pero no se alarmen, parece ser que de momento no tendremos que ir buscando monasterios o castillos abandonados de nuestra querida Castilla para rehabilitarlos y lograr refugio –no todavía, al menos-.

Oración con vela«Por el contrario, la idea es convertir nuestros hogares en monasterios domésticos, anclados, a su vez, en parroquias, redes de familias, asociaciones y colegios verdaderamente cristianos… en medio del mundo».

Agruparse para resistir, como el monasterio medieval y sus aldeas adyacentes; porque nadie logrará vencer solo, por su cuenta, en esta terrible batalla cultural: las armas del adversario son demasiado poderosas y hegemónicas.

 

Algunas recomendaciones para su hogar-monasterio

Empecemos por el núcleo, el hogar. Dreher hace un repaso de la Regla de San Benito o Santa Regla (por la que se rigieron una gran cantidad de monasterios medievales) y propone su aplicación práctica en la familia.

  • Oración: rezar en familia es lo único que nos dará fuerza en este duro camino. Su familia sólo resistirá si en ella Dios es el centro y se le quiere y adora sobre todas las cosas. Si puede, comience hoy mismo la oración familiar.
  • Trabajo: los monjes lo tenían claro, el trabajo evitaba caer en el vicio y garantizaba la supervivencia. Reparta el trabajo con justicia en su casa.
  • Ascetismo: en un mundo ultraconsumista, es sanísimo aplicar la austeridad en lo que se pueda. Rete a sus hijos a conseguir pequeños ahorros, y acostumbre a la familia a pasar sin mucha ropa, caprichos o diversiones en el centro comercial.
  • Comunidad: fomente la relación con otras familias cristianas mediante grupos, encuentros, etc. Esto es importante. Puede que su pequeño “oasis” se mantenga mientras sus hijos sean pequeños, pero al llegar la adolescencia querrán explorar mundo y pasar tiempo con chavales de su edad. Procure que sus hijos escojan a sus amigos en esos ambientes (y nunca baje la guardia).

Oración con Rosario

En los monasterios también había máximas importantes, como la hospitalidad. Los caminos estaban aislados y eran peligrosos; también hoy día puede haber personas intentando encontrar “algo o alguien”. Dreher propone acogerles y darles todo nuestro amor, pero también recelar y protegernos de aquellos que se acercan a las comunidades cristianas por la soledad de sus vidas (u otros motivos) y no buscan la conversión sino cazar a ovejitas (u ovejitos) inocentes.

Precisamente, y como efecto de lo anterior, alerta también del peligro contrario: cerrarse en exceso para evitar “contaminaciones” del exterior, creando así comunidades endogámicas y sectarias. Cuidado con esto.

 

Nos la jugamos con los jóvenes

Una buena amiga expresa con esta frase el quid de la cuestión. La moderna Opción Benedictina parece relativamente fácil cuando los niños son pequeños. Pero el propio Dreher explica que se ha cambiado varias veces de casa buscando un colegio y una parroquia apropiados para sus tres hijos, y que el mayor sufre de un casi total aislamiento social porque no tiene móvil, no sale, no bebe, y se dedica a tocar un instrumento musical. Y aquí llega el problema.

 

Es posible que Dreher y su mujer sean grandes educadores y hayan convencido a su hijo de 15 años de que “es mejor estar solo que mal acompañado”. O puede que Lucas, el adolescente ideal, sea un chaval con un carácter sumiso y razonable y una gran inteligencia. O puede que, lo más probable, sea una mezcla de ambas cosas.

Chicas montañeras se divierten sanamente

No obstante, lo habitual es que, llegada la adolescencia, y ante el aumento de las discusiones, portazos y malas caras en casa, los padres cedamos bastiones que defendíamos a capa y espada unos pocos años atrás. Sí, la guerra psicológica es dura (muy dura). Comienzan así los aislamientos con el móvil, las notas bajas, las redes sociales, las salidas nocturnas, las irresponsabilidades varias…

 

«O esta etapa nos encuentra en medio de un ejército de padres cristianos, al que uno pueda acudir a pedir consejo y ayuda, donde se encuentre aliento, comprensión y ayuda en momentos en los que haya que mantener la firmeza… O estamos perdidos».

 

O esta “travesía a través del desierto” es recorrida por nuestros hijos junto a amigos criados en familias similares (donde se apliquen prohibiciones similares y se fomenten virtudes parejas) y cuyos padres se mantengan firmes como rocas… o se perderán, sin remedio.

 

¿Es necesario que los niños tengan amigos? Rotundamente, sí. ¿Es necesario que tengan muchos amigos? Rotundamente, no. Su hijo no será más feliz por andar con muchos y ser el más guay.

 

Sea divertidísimo

Nadie quiere pasar las tardes de sábado encerrado en una casa seria, donde se aburren hasta las ovejas. No si tienes 15 años y te arde la sangre. Siga un consejo: convierta su casa en un centro de diversión sana para adolescentes. Organice planes memorables.

la opción benedictina: unas chicas se divierten sanamente

“Perdona, pero mis padres jamás me entretuvieron. Hasta me costaba que me llevaran a tomar un helado en vacaciones”. Claro. Por eso, en cuanto usted tuvo oportunidad, y las defensas cayeron por desgaste, se sumergió gustoso en la famosa movida de los 80 (discotecas, salidas nocturnas, minis, coches, motos…).

Era demasiado divertido y no le habían propuesto otras alternativas. Sus padres sólo contuvieron los diques por un tiempo, pero no trataron de canalizar el agua. Si no cayó en más peligros y no perdió la fe fue porque Dios no lo permitió.

“Pero es que me lo ponen todo perdido, y no tengo por qué tener mi casa llena de adolescentes a todas horas para que se entretengan”. Muy bien, entonces arriésguese a que otros lo hagan. Su casa seguirá tan arreglada, impoluta y organizada como siempre, pero quizá el alma de sus hijos comience a oler como sus zapatillas de deporte…

Más objeciones: “No tengo sitio. Imposible”. Quizá los salones parroquiales estén vacios. Hable con su párroco y convénzale (no se desanime si él tampoco está por la labor en un primer momento); hable con otros padres y movilice voluntarios entre los jóvenes de 20-25 años. Organice excursiones –no hace falta que sean caras, el campo y los bocadillos hacen milagros en los estómagos adolescentes-, sesiones de cine-forum, fiestas con música, viajes y campamentos en verano… Haga trabajar su imaginación y venza su natural pereza; tómeselo como un trabajo más.

 

El argumento falacia “no quiero que vivan en una burbuja”

Supongamos que un buen día una enfermedad mortal y contagiosa apareciera con fuerza en España. Supongamos que esta patología se contagiara con mucha más facilidad en ciertos ambientes. ¿Permitiría que su hijo los frecuentara? “Claro que no, qué tontería”. ¿Por qué, entonces, muchos padres aseguran que prefieren que sus hijos vivan en el mundo, tengan amigos mundanos y vivan toda clase de experiencias porque no quieren que vivan en una burbuja?

 

En primer lugar, no existen las burbujas herméticas. Descuide, por mucho cuidado que tenga, su hijo está expuesto a fuertes tsunamis culturales, así que alguna ola fuertecita llegará y le dará un revolcón. No sufra por eso.

 

En segundo lugar…

 

«¿Qué hay de malo en vivir protegido? ¿Usted vive al aire libre, o en una casa con techo, calefacción y hasta aire acondicionado? ¿Suele dormir al raso cuando el termómetro marca -10ºC o lo hace en la burbuja de su cuarto, bien tapadito con el edredón?»

 

La cultura actual es tóxica y dañina; no puede dejar que sus hijos se zambullan alegremente en ella, indefensos, sin madurez intelectual ni preparación moral. Hoy día, el bien no es presentado como aquello por lo que merece la pena luchar y esforzarse, sino como algo ridículo y trasnochado. Los malotes son los nuevos héroes (en las pelis, en la calle, en los colegios…). Los valores morales son líquidos (todo depende… haz sólo aquello que te cause disfrute y te haga feliz) y los peligros se presentan como retos: las drogas, la sexualidad desenfrenada…

 

No se trata tanto de proteger (o sí), sino de lograr que crezcan con una buena formación -de cabeza y de alma- hasta que puedan resistir por sí mismos.

Adicción al móvil

Muchos somos los que abogamos por la moderna Opción Benedictina, pero, como ha quedado claro anteriormente, nadie dijo que fuera fácil.

 

Exige altísimas dosis de disciplina, esfuerzo y dedicación. De sacrificios, de concienciación, y de enorme fuerza de voluntad.

 

Pero la meta es preciosa y salvadora. ¿Nos daremos por vencidos antes de intentarlo?

 

Noelia Lavara