Si queremos cambiar España…

Jesucristo, el Hombre Nuevo, nos propone un cambio radical para llegar al Cielo, dejándose atravesar el costado nos muestra su Sagrado Corazón. En un pasaje de la Escritura dice “arrancaré tu corazón de piedra y te daré un corazón de carne”. Aunque la cultura postmodernista quiere apartarnos de Dios y llevarnos por el camino egoísta y alejarnos del Cielo, tenemos que suplicar a Dios y a la Virgen Santísima que nos den un corazón puro, que nos renueven por dentro con Espíritu firme.

La dureza de corazón es el vicio opuesto al don de piedad, que consiste en sabernos hijos de Dios, sus criaturas, a las que ha creado por Amor, y, por lo tanto, hermanos de toda la humanidad.

Nace del amor desordenado a nosotros mismos, y nos hace insensibles a los demás, ya que sólo nos preocupamos por nuestro propio interés y no dejamos que lo que le sucede a los demás nos afecte. Nos da igual que los demás sufran, que no estén contentos o no sean felices.

Preferimos que otros estén tristes para que nosotros estemos mejor.

La gente ofende a Dios, pasa necesidad, tiene sus miserias que no nos agradan, pero no nos importa nada de esto, sólo que no nos molesten.

Sin compasión, que es lo que vino Jesús a enseñarnos.

No queremos esforzarnos para ayudar a otra persona, no soportamos sus fallos ni amamos sus defectos, y por cualquier tontería les atacamos. Nos cuesta entregar la vida, derramar hasta la última gota de nuestra sangre.

Nuestro corazón, en lugar de estar lleno del Amor de Dios, como el de Jesús, alberga sentimientos de amargura y de venganza, de odio y antipatía.

Debería ser justo lo contrario: Y nuestro corazón tiene que estar lleno del Amor de Dios -que es Espíritu Santo- como el de la Virgen María y como el de Jesús. Cuanta más Caridad tiene un alma, más cerca está de Dios, y, por tanto, más sensible es a los intereses de los demás y más desea servir y agradar a Dios.

El poder, la avaricia, los placeres, la sensualidad, envenenan y endurecen el corazón. Nuestra libertad anula el poder del Espíritu Santo y expulsa a Dios.

Los ejercicios de Piedad, las obras de caridad, ayudar a los demás, los sacrificios hechos con Amor, para Dios, los Sacramentos y la vida espiritual, llenan, ablandan y ensanchan el corazón. Nos llenan del Espíritu Santo.

Un alma que no llora sus pecados, tiene impiedad, está impura. El demonio nos lleva a pensar que los talentos que tenemos son más importantes que la piedad, y que tener sentimientos de piedad, participar con frecuencia en los sacramentos, hacer muchas cosas, es algo propio de los débiles, no de personas “sólidas”.

Pero esa solidez enfría el corazón y lo convierte en incapaz de Amar.

El que no ama en las cosas pequeñas, es decir, el que no renuncia a sus pequeños gustos y caprichos para agradar a Dios o a los demás, no sabe Amar. El que se busca así mismo, se perderá, y el que se olvide a si mismo, y pierda el amor propio por Dios o por los demás, será feliz.

¿Cómo lograremos cambiar? Con la ayuda de Dios, y con nuestro esfuerzo de conversión permanente y perseverante. Con la ayuda de los Sacramentos y la Oración, el Ayuno y la Limosna.

La gracia es un don sobrenatural infundido por Dios en nuestra alma para darnos una participación verdadera y real de su naturaleza divina, para hacernos hijos suyos y herederos de su gloria. Se queda con nosotros, y nos proporciona las virtudes infusas, que son las facultades para “operar” en el orden sobrenatural, para llevar a cabo actos sobrenaturales.

Las virtudes infusas son hábitos operativos infundidos por Dios en las potencias del alma para disponerlas a obrar sobrenaturalmente según el dictamen de la razón iluminada por la Fe. Se dividen en dos grupos, las teologales, que disponen las potencias del alma en orden al fin sobrenatural, y las morales, que dispone a las potencias del alma en orden a los medios para alcanzar ese fin. Las morales son cuatro, con todas las que se derivan de esas cuatro, según Santo Tomás unas cincuenta.

Cada virtud activa unos hábitos (todavía en el orden espiritual), que disponen al hombre a realizar actos (ya en el orden humano y material) conforme al principio de la gracia, llevar a cabo la acción virtuosay desarrollar con esa operación su vida espiritual.

Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las potencias del ama para recibir y seguir con facilidad las mociones del propio Espírity Santo al modo divino o sobrehumano. El mayor Don de Dios es el Espíritu Santo, de ahí vienen todos los demás. Los dones del Espíritu Santo son 7, según Isaías 11,1-3:

Sabiduría, Inteligencia, Fortaleza, Ciencia, Consejo, Temor de Dios, Piedad.

Cuando el alma corresponde dócilmente a las mociones del Espíritu Santo, produce actos de virtud. Cuando el alma se queda en los bienes sensibles, que son inferiores al hombre, no se eleva a lo que está por encima y es más grande que nosotros.

No todos los actos que proceden de la gracia son frutos. Los frutos, aunque son superiores a las obras de la carne, son más exquisitos, llevan consigo gran suavidad y dulzura. Los frutos proceden de las virtudes y de los dones, y son 12:

  • Caridad, Gozo Espiritual, Paz, Paciencia, Benignidad, Bondad, Longanimidad, Mansedumbre, Fe, Modestia, Continencia y Castidad. Gálatas 5,22-23.

Además, como el ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios, que es un ser Trinitario, y hemos visto que ser Criatura de Dios nos sitúa como hermanos de toda la humanidad y familiares de toda la Creación, estamos hechos para vivir en familia, para amar y ser amados.

La persona humana es relacional. Y su una persona crece y desarrolla sus virtudes con los demás, se produce lo que se llama la virtud relacional: Cuando dos personas virtuosas están juntas, cada una crece en sus virtudes, pero la relación además es virtuosa también, y les hace crecer a cada uno y también hace crecer el amor entre ellos, el Espíritu de Dios está con ellos, y por tanto, se divinizan todavía más.

Las bienaventuranzas son todavía más importantes que los frutos: El grado más elevado de perfección. Son el punto más alto al que una vida cristiana puede llegar en la tierra.

Todas las bienaventuranzas son frutos, pero no todos los frutos son bienaventuranzas.

Santo Tomás lo explica muy bien en la siguiente tabla:

VIRTUDES   DONES   BIENAVENTURANZAS
         
Caridad   Sabiduría   Los pacíficos
         
  Entendimiento   Los limpios de corazón
Fe        
    Ciencia   Los que lloran
         
Esperanza   Temor   Los pobres de espíritu
         
         
Prudencia   Consejo   Los misericordiosos
         
Justicia   Piedad   Los mansos de corazón
         
Fortaleza   Fortaleza   Los que tienen hambre y sed de Justicia
         
Templanza   Temor   Los pobres de espíritu

Nuestra mayor alegría, la felicidad absoluta, consiste en permanecer en el Corazón de Cristo. Todo nuestro peregrinar por esta vida es para que logremos purificar nuestro corazón y sincronizarlo con el Corazón de Jesús. Así morirá el hombre viejo y podremos resucitar a la Vida Eterna.

 

… Primero tenemos que cambiar nuestro corazón.

Cuando nos juntemos un grupo de conversos, seremos capaces. Empecemos con la devoción al Sagrado Corazón.

Hágase la Voluntad de Dios.