Diez de los once obispos consagrados por Jesucristo murieron por Él.

Uno le traicionó, y la divina Providencia esquivó la muerte violenta para el discípulo amado. Los demás sufrieron el martirio dando testimonio del Evangelio. Los dos de Emaús reconocieron a Jesucristo cuando partió el pan, y todos los encuentros que tenemos sus seguidores, desde la Ascensión del Señor obedecen al mandato de rememorar la última cena.

El cristianismo vivió sus primeros tres siglos perseguido por Nerón, Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Máximo Séptimo Severo, Maximino, Decio, Valeriano, y Diocleciano.

Jesús, tras explicar que si no estamos unidos a Él espiritualmente, no tendremos vida sobrenatural, lo explicó con claridad: Jn. 15, 20: «Si a mí me persiguieron, también os perseguirán a vosotros; y  si guardaron mi doctrina, también guardarán la vuestra». Es fácil comprender que las catacumbas, los cementerios pioneros, fueron también los primeros lugares donde se celebrara la Eucaristía.

Las autoridades romanas perseguían a los cristianos; participar en el culto a un sólo Dios en una sociedad politeísta conllevaba un riesgo muy alto de perder la vida de la forma más cruenta posible que estuviera de moda. Los seguidores de Jesús permanecieron fieles en la adversidad, perseveraron, y la Iglesia floreció.

Es en el primer concilio de Nicea, celebrado en el año 325, y convocado por un obispo español, Osio de Córdoba, a petición del Papa Silvestre I, cuando se fija la celebración de la Pascua del Señor al domingo.

Concilio de Nicea

Desde entonces, creo que se puede afirmar -sin caer en el error- que no ha habido un domingo en la historia de la humanidad en el que no se haya celebrado el Santo Sacrificio. Y son muchos los que han entregado su vida al intentar participar, mientras celebraban o tras salir de la celebración de la Eucaristía.

Desde San Tarsicio, asesinado por llevar la comunión a los presos, hasta los mártires gloriosos de la cruzada española del siglo pasado, pasando por los mártires de Abitinia, asesinados porque “No podían vivir sin el domingo”, un número impresionante de personas ha preferido perder la vida antes que el Pan de Vida.

En diferentes épocas a lo largo de la historia, en prácticamente todas las geografías, los discípulos de Jesús han arriesgado su vida para participar en la Santa Misa del Señor, y cumplir el mandato de Jesús:

Tras las persecuciones romanas, los misioneros que diseminaron la fe por el mundo fueron también perseguidos en todos los continentes, con las tiranías de los regímenes totalitarios, muchos sacerdotes y fieles sufrieron crueles torturas y asesinatos por participar en los Sacramentos, y con la deriva del mundo post moderno, las imposiciones irracionales de lo políticamente correcto han reavivado las persecuciones contra los que se reúnen para celebrar el Sacrificio de Jesús. No conviene olvidar el fanatismo radical del Islam que destruye iglesias, persigue y asesina a los cristianos que se reúnen para celebrar la Santa Misa.

La vida humana está animada por el Espíritu de Dios, y sin la Eucaristía el hombre no puede vivir.

Jesucristo, el Pan Vivo que ha bajado del Cielo, con la cooperación del Espíritu Santo, se reparte en la Santa Misa para regalarnos los méritos de su Vida y de su Muerte, de su Pasión y su Resurrección, para salvarnos, en obediencia filial a Dios Padre, Todopoderoso. La Santísima Trinidad se manifiesta en la Eucaristía para salvar a toda la humanidad.

San Juan Pablo II, que también se jugó la vida en muchas ocasiones para asistir y para celebrar la Eucaristía, muestra su gran dolor por la reducción y la ambigüedad sobre la Eucaristía en su encíclica Ecclesia Eucharistia. También el Papa Benedicto XVI nos recuerda la importancia del Sacramento de la Caridad.

Ahora que tenemos tiempo para leer sería bueno refrescar estos documentos y reflexionar sobre su importancia y tomarnos en serio nuestra participación en los Sacramentos.

En los últimos meses, alegando todo tipo de excusas, una gran mayoría de obispos han suspendido la celebración de la Santa Misa. Los que deben preocuparse por la salvación de las almas, dicen preocuparse por la salud de los fieles.

Obispo Reig Pla

Como ha explicado Don Juan Antonio Reig Pla, al que estaremos eternamente agradecidos, y cuando pase toda esta locura de pánico irracional homenajearemos, “la Misa es el Cielo en la Tierra y sin ella el hombre desfallece”.

Dejar a los seguidores de Jesús sin recibir el Pan de Vida que necesitan para peregrinar en este mundo, es impedir el cielo en la tierra y ayudar al hombre a desfallecer.

Si las autoridades la prohiben, podría tener algún sentido dejar de celebrar la memoria de Jesús, pero siempre ha habido y habrá quien prefiera arriesgarse a una multa, o a represalias mayores, incluso dispuesto a morir, para recibir el Alimento de Salvación. Pero si las autoridades lo permiten -siempre que se cumplan unas condiciones de seguridad (las que sean)- la supresión no tiene ningún fundamento.

Lo que resulta increíble y desolador es que han sido los obispos esta vez, y no las autoridades, los que han decidido suspender la participación de los fieles en el Santo Sacrificio del altar. No los perseguidores, o los enemigos de la Fe, los que han provocado esta situación, sino los que tienen el mandato directo de Jesús: “Haced esto en memoria mía”.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que los Sacramentos son el medio por el cual Dios actúa en el mundo y se hace presente a todos los hombres. Y muchos obispos han decidido impedir esa acción de Dios. Algunos incluso han salido a defender la decisión pervirtiendo todo tipo de argumentos.

Claro que la comunión espiritual tiene un valor infinito, pero el efecto redentor de la Eucaristía es infinitamente mayor.

El obispo Atanasio Schneider (que nació en una república socialista sometida a la antigua Unión Soviética) ha publicado un mensaje de Fe y Esperanza, en el que habla de la «dictadura sanitaria» y explica que Dios ha podido permitir esta situación para que nos tomemos en serio el Sacramento de la Eucaristía. Puede que tenga razón. Desde luego la idea del totalitarismo actual, sea desde la perspectiva de género, climática, o ahora sanitaria, describe muy bien la realidad.

¿Por qué suspenden la participación de los fieles los demás obispos?

En estos días, por tanto, algunos católicos si bien no tenemos que arriesgar la vida celebrando la Eucaristía en la clandestinidad, tenemos que suplicar a los pastores que cumplan su misión y su compromiso vital con Jesucristo y no nos nieguen la participación en los Sacramentos ni nos los limiten o restrinjan.

Adoración eucarística

No tenemos que desobedecer al César, pero sí tenemos que obedecer a Dios, aunque nos veamos en la tesitura de posicionarnos frente a la jerarquía.

También tenemos que arriesgarnos a recibir un virus para el cual nuestro organismo deberá desarrollar y mejorar su sistema inmunológico.

Proceso que tarde o temprano vamos a tener que pasar, ya que lo más probable es que vaya a quedarse.

Los seglares somos también Iglesia, y aunque por el bautismo somos sacerdotes, al no haber recibido el orden del sacerdocio, no podemos celebrar la Eucaristía. Si los obispos nos la niegan, suspendiendo la celebración de la Santa Misa o limitando nuestra participación en el banquete del Señor, tenemos que pedir a Dios que nos de Luz para poder recibirle Sacramentalmente y solucionar cuanto antes esta dramática situación.

En mi caso, prefiero coger un virus que perder la Santa Misa. Necesito recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo para amar más y para amar mejor. Prefiero acoger en casa a quien lo necesita -aunque pueda estar infectado- que dejarle en la calle o en un aeropuerto, como nos ha sucedido recientemente: Toda la familia estuvo de acuerdo. Lógicamente, si fuéramos portadores del virus, haríamos lo posible por no contagiar a los demás. Pero preferimos arriesgarnos a cogerlo que renunciar a participar de los Sacramentos, hoy, más que nunca, necesarios.

José María Piñar Pinedo