Las crisis globales a lo largo de la historia han sido un campo de cultivo para los grandes cambios y para los peores.

El contexto actual encierra una novedad única en la historia que imposibilita cualquier predicción: Un virus de procedencia asiática, desconocido e infravalorado por toda una generación supuestamente preparada tecnológica y técnicamente, ha puesto al mundo moderno de rodillas, encerrando en sus casas hasta al último de sus habitantes. Ni siquiera una guerra o la amenaza nuclear habían supuesto un cambio global tan inmediato y totalizante.

Me preguntó si las herramientas y reflexiones esgrimidas entonces servirán ahora.

Si una nota pudiera sacarse de la Segunda Guerra Mundial y la posterior Guerra Fría es que resulta inevitable una sentencia internacional, un discernimiento y acción común que depure las responsabilidades que nos afectan a todos, señalando la verdad y a los culpables, forzando en definitiva cambios filosóficos, jurídicos y sociales capaces de evitar la repetición del caos y reforzándonos a todos en aras de un ideal. ¿Quién pude negar que todo ello comienza por vislumbrar el origen del problema?:

Del virus sabemos técnicamente pocas cosas, de hecho sobre su inicio solo tenemos claro su contexto, China, desconocemos dónde tuvo exactamente su origen, a cuántas personas contagió en primer lugar o cuántos fallecidos han sucumbido a su paso realmente. Las diferentes investigaciones internacionales unilaterales llevadas a cabo por organismos mundiales y por Estados Unidos anuncian sin duda lo que se desvelará en el futuro como un relato oscuro, cuyos responsables se acotan cada vez más al entorno gubernamental del gigante asiático: Silenciar a los médicos que dieron el primer aviso, la propaganda en favor de una desinformación intencionada, la clausura a escondidas de varias ciudades y regiones supuestamente sin infectados, el ocultamiento de una mortalidad que ya se percibe por pura estadística, así como otras semiverdades aún por acreditar ponen el foco de la atención internacional en el Partido Comunista de China como responsable directo de la Pandemia.

En cambio, las consecuencias no son desconocidas y menos aún para nuestro país que se desangra en decenas de miles de fallecidos sin contar el número de lesionados y afectados. Al número oficial deberemos sumar a todos aquellos innombrables ¿no nos acordaremos de los enfermos de cáncer que tenían estos días su esperada operación final?, ¿nos olvidaremos de nuestros enfermos crónicos que no han podido tener la atención adecuada?, ¿quizá tengamos amnesia de aquellos más débiles que se nos han ido?, empezando por nuestros mayores, aquellos que construyeron el país que hoy disfrutamos.

Algunos ya están simplemente haciendo cuentas, otros disimulan perseguir a los responsables nacionales e internacionales, pero dándose por pagados con el foco y la estadística pero si realmente queremos sacar de esta crisis un cambio profundo, que mueva los ejes que hasta ahora se han mostrado inútiles y se quiere perseguir una auténtica justicia, hay que enfrentarse en el plano internacional a los dirigentes chinos responsables, solo así podrá quizá moverse todo.

Demandar a un país extranjero tiene como principal escollo su inmunidad como estado soberano, la convención de La Haya celebrada en Nueva York reflejó en su artículo 12 la excepción de inmunidad en el caso de muertes y daños patrimoniales a causa de un incumplimiento o negligencia por parte del estado denunciado pero, como casi todo el derecho internacional, no es más que una declaración que requiere un desarrollo normativo posterior por parte de los estados y que, como se imaginarán ustedes, pocos han realizado.

Es por eso que Estados Unidos, viendo la oportunidad de vencer al enemigo y a veces aliado, propone una ley que posibilite demandar a China en los tribunales americanos, obligando así a los jueces e instancias superiores a conocer de las diferentes demandas no por interpretación del derecho internacional sino por imperativo legal nacional, pudiendo recurrir después como estado soberano a tribunales internacionales con una legitimación pública y, según sea su política exterior, con más aliados. Las consecuencias de un posible pronunciamiento jurídico legítimo y con varios estados de por medio son desconocidas puesto que nunca se ha dado una situación como la actual.

Es un intento por parte Estados Unidos para demoler el hasta ahora invencible statu quo hasta ahora reinante en todo el globo, sobre todo en Europa, y que no ha traído si no como consecuencia la lenta corrupción y desintegración del continente europeo. Eso explica por qué el presidente americano abofetea a la OMS en plena crisis sanitaria, porque al mismo tiempo increpa Europa o el porqué de esas operaciones financieras que estos días pueden verse. En definitiva, todo este movimiento intentará obligar a sus socios a mover ficha en una dirección o en otra, en un contexto de crisis económica global en el que las alianzas resultan más que vitales.

En España sí que existe una fórmula para poder reclamar judicialmente a China su responsabilidad, aunque con la clara deficiencia de no contar con un apoyo legislativo claro y con una clase política que omite, esquiva o ignora este conflicto, inconsciente que, de no tomar partido, otros le obligarán a hacerlo y quizá en un contexto menos favorable.

Es necesario avanzar en el campo científico y sanitario, es necesario volver a replantearse los ideales que perseguimos como país, así como la forma de llegar a ellos.

Hacen falta muchos elementos, pero, tal y como nos demuestra nuestra historia nacional, es necesario dar la batalla jurídica que permita a los afectados reclamar justicia y a los culpables ser juzgados pues la Justicia con mayúscula, independientemente de concepciones más profundas, nunca podrá separarse de dar a cada uno su derecho.

 

Santiago Fernández Cuena