Por decisión de la UNESCO varios lugares del planeta fueron declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad, entre ellos el ya milenario Camino de Santiago y el Acueducto de Zempoala, conocido también como Acueducto del Padre Tembleque

El acueducto parte desde el Cerro del Tecajete, en los manantiales de Zempoala, recorre 43 kilómetros y culmina en Otumba. Su autor fue un misionero español del siglo XVI que llegó a estas tierras en 1540 y que trabajó entre los indígenas más de cuatro décadas; nos referimos al sacerdote franciscano Francisco de Tembleque, quien residía en el convento de Otumba y que, al ver como en la región escaseaba agua potable, decidió traerla desde un punto que estaba a quince leguas de distancia.

El Padre Tembleque ni era arquitecto ni entendía de construcción; lo único que tenía muy presente era una de las frases más significativas de Cristo Nuestro Señor: “Tuve sed y me disteis de beber” (Mateo 35, 25).

Al ver cómo sus indios se morían de sed movió cielo y tierra hasta que logró aliviar todas sus penurias. Aprovechando su ascendiente entre los habitantes de la zona, organizó grupos de constructores y albañiles. La obra duró diecisiete años. Se levantó un enorme acueducto de cal y canto que pasa por tres puentes que salvan tres barrancas.

Para darnos una idea de las dimensiones de la obra, diremos que por el arco central puede pasar un navío de guerra con las velas extendidas

Padre TemblequeEl resultado fue una serie de fuentes en los pueblos situados entre Zempoala y Otumba. De este modo, se vio cómo el Padre Tembleque no se contentaba con predicar la Palabra de Dios sino que más bien ponía en práctica el Evangelio al ayudar a los neófitos a resolver sus problemas materiales. Los resolvió por medio de una obra colosal que dejó en la Nueva España un monumento eterno a su ingenio y gran amor a los indígenas.

El historiador norteamericano Joseph Schlarmann, al comentar este episodio -que es toda una epopeya- nos dice lo siguiente: “El acueducto de Tembleque es una de las maravillas de México y un gran monumento al infatigable Fray Francisco, que gastó los mejores años de su vida en construir para los indios un canal que les llevase salud y alegría” (México, tierra de volcanes, pag. 161).

Con el acueducto de Zempoala (o acueducto del Padre Tembleque) se demuestra una vez más la gran labor social que la Iglesia Católica ha realizado a lo largo de los siglos

Una labor fuera de serie, puesto que en ella vemos cómo la Iglesia no se limita a predicar el Evangelio, sino que su obra va siempre encaminada a elevar la condición social de quienes más lo necesitan. Y así como vemos al Padre Tembleque construyendo un acueducto para aliviar la sed, vemos también a Zumárraga trayendo la primera imprenta de América (1539) o a Don Vasco de Quiroga civilizando a los michoacanos. La preocupación social de la Iglesia no es de hoy ni de ayer, es de siempre; es algo que forma parte de su ser.

Ahora bien, ante todo lo anterior… ¿Qué pensarían nuestros amigos lectores si el Padre Tembleque regresara de ultratumba para pedir perdón por haber construido su famoso acueducto? Algo tan ridículo como sería que Don Vasco le pidiera perdón a los michoacanos por haberlos civilizado o que Zumárraga pidiera una disculpa por haber traído la imprenta o haber contribuido a que se fundase la Universidad.

Pues bien, así como eso suena ridículo…

Más ridículo suena que se presione a la Iglesia obligándola a pedir perdón por las reales o imaginarias faltas que los evangelizadores de otros tiempos pudieran haber cometido en América

Si algunas faltas se cometieron, fueron casos aislados que no representan a todo el conjunto, por lo cual no es justo culpar a todos por los pecados de unos cuantos. Y esos cuantos ni duda cabe que no eran gente ejemplar, eran malos cristianos, eran fruta podrida que se había caído del árbol de la Iglesia.

Los buenos frutos allí están, a todos alimentan con sus ejemplos de santidad y, más que motivo de pena, son motivo de orgullo.

Definitivamente, ni el Padre Tembleque ni los miles de santos misioneros que en América hicieron tanto bien deben pedir perdón.

Nemesio Rodríguez Lois

 

 

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